Si la cuestión era aceptar que desear sin correspondencia provocaba un dolor insufrible, quizás los seres humanos habíamos venido a este mundo con una tara divina que nos abocaba a la búsqueda desesperada de un consuelo -pensó él mientras caminaba en soledad por su rincón favorito. El viento le abordaba de cara mientras los árboles se movían en agitados movimientos y diversas hojas volaban haciendo extrañas espirales a su alrededor. Acoplándose en el calor de la gabardina y con las manos a buen recaudo en los bolsillos, la violencia del momento fue una analogía nítida de las propias pulsiones de sus emociones y pensamientos. Los deseos actúan cómo una vorágine de nuestra necesidad sin proposición de tiempo ni espacio -pensó.
Él volvió a sentirlo, lo ambicionaba, lo buscaba, lo anhelaba recordando el pasado de su adolescencia y lo pretendía con la furia que azota la naturaleza de los paisajes salvajes. El deseo de volver a enamorarse se le presentó cómo una victoria de una época abocada a la apatía vital. Una iluminación que no sólo se resarció de la búsqueda profunda de su ser, sino como un sentido emocional que ofrecía una lógica en la forma de ver el entorno a su alrededor. Volvió a sentir el amor como jamás había amado un joven, deseaba querer por encima de su comprensión, deseaba hacerlo como aquellos cuentos de la épica cortesana, lo sentía...el deseo mientras reflexionaba si aquello era un capricho de su existencia o el lenguaje secreto que se cernía entre las personas y los seres divinos.
Vertió el café recién hecho en la taza y lo sostuvo con precisión mientras miraba fijamente a través de la ventana. El aroma abrazó su rostro como una caricia de calor intenso, dando un sorbo corto y testado al rico sabor. Volvió a pensar en aquella mujer que días antes había visto, con la certeza de que no habría evitado poder dejar de hacerlo. Lo intuyó como una obsesión que le abrasaba el pensamiento y le nutría el corazón agrandado. Sus latidos se aceleraron como el rugido de un animal que busca dominar. La imagen de ella se volvió lenta, clara y presente dejando en el éxtasis de su pensamiento todos los detalles de su rostro, de su cuerpo, de su sexo. Se inmiscuyó en el marrón oscuro de sus ojos con la ambición de desentrañar la esencia que se escondía tras ellos y perfiló la curva sensual de la comisura de sus labios. El movimiento inventado de su cabello le distrajo desviando la atención de la imagen de su rostro, consiguiendo visualizarla en toda su belleza provocando una tensión en la mano que sujetaba la taza de café. Fantaseaba con el movimiento ondulante de su cabello oscuro, moviéndose con una armonía sincronizada que, a su propio juicio, resplandecía en un destello de luz convirtiéndola a ella en un ser mitológico.
El sufrimiento de la obsesión le situaba en un estado disruptivo que desafiaba la moral de sus pensamientos, y a la vez, le imprimía un impulso destructor propio de los primeros hombres. El enamoramiento le había provocado una catarsis en su interior que ponía en tela de juicio sus convicciones más profundas, auscultaba el convencimiento de una amor que rivalizaba como una fuerza cósmica con el mundo conocido, convenciéndose de que aquello se revelaba para él como una nueva mística proyectada en la figura de su amada. Salió de su ensimismamiento, fortalecido por el pretexto de conocer e identificar la naturaleza de su influjo. Dio gracias mirando al cielo porque pensó que difícilmente la vida predestinaba los hechos que sentía, o ¿ello suponía su destino? Se sorprendió a sí mismo de pensar en los años que tenía y que la vida le hubiese situado en la tesitura de un amor que fracturaba su existencia. Quizás -pensó detenidamente, el deseo es la mecánica causante de nuestros caminos, sufrimientos, alegrías y destinos.
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